mi mi religión

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Mi Mi Religión
Plinio Avila, 2007.

Adaptación del ensayo: Mi Religión de Miguel de Unamuno, 1907

Mi Mi Religión

Me escribe por email una amiga desde Bélgica diciéndome que se ha encontrado allí con algunos que, refiriéndose a mi obra artística,  le han dicho: : «Y bien, en resumidas cuentas, ¿cuál es la religión de este señor Avila?» La mismo me han preguntado aquí varias veces. Y voy a ver si consigo no contestarla, cosa que no pretendo, sino replantear el sentido de la pregunta.

Tanto los individuos como los pueblos de espíritu perezoso tienden al dogmatismo. La pereza espiritual huye de la posición crítica o escéptica.

Y digo escéptica, desde un punto de vista filosófico, porque escéptico no quiere decir el que duda, sino el que investiga o rebusca, contrario al que afirma y cree haber hallado. Hay quien escudriña un problema y hay quien nos da una fórmula como solución.

«¿Cuál es mi religión?» Mi religión es buscar la verdad, aún a sabiendas de que jamás la encontraré; mi religión es luchar incesante e incansablemente con el misterio; mi religión es discutir y luchar con Dios desde el romper del alba hasta el caer de la noche, como dicen que con Él luchó Jacob. Y yo quiero pelear mi pelea sin preocuparme por la victoria. ¿No hay ejércitos y pueblos que van a una derrota segura? ¿No elogiamos a los que se prefirieron morir peleando antes que rendirse? Pues ésta es mi religión.

Aquellos que buscan una respuesta sencilla para descansar su espíritu son los que buscan encasillarme como evangelista, bautista, positivista, católico, ateo, masón, racionalista o cualquier otro de estos motes, cuyo sentido claro desconocen, pero que les dispensa de pensar más. Y yo no quiero dejarme encasillar, porque yo, Plinio Avila, como cualquier otro hombre que aspire a conciencia plena, soy una especie única. «No hay enfermedades, sino enfermos», suelen decir algunos médicos, y Miguel de Unamuno dijo «No hay opiniones, sino opinantes».

En el orden religioso apenas hay cosa alguna que tenga racionalmente resuelta, y como no la tengo, no puedo comunicarla lógicamente. Tengo, sí, con el afecto y el corazón, una fuerte tendencia al cristianismo sin atenerme a dogmas especiales de esta o de aquella denominación. Me repugnan los ortodoxos, sean católicos o protestantes que rechazan a quienes no interpretan el Evangelio tal y como ellos lo hacen. ¿Acaso, a fin de cuentas, Siqueiros tenía razón cuando dijo «No hay más ruta que la nuestra»?

Confieso sinceramente que las supuestas pruebas racionales de la existencia de Dios no me demuestran nada; que todas esas razones me parecen basadas en falacias y temores personales. Pero así como nadie ha logrado convencerme racionalmente de la existencia de Dios, tampoco lo han hecho de su no existencia; los razonamientos de los ateos me parecen aún más ridículos que los de los creyentes. Y si creo en Dios, o, por lo menos, creo creer en Él. Esto es, ante todo, porque quiero que Dios exista. Es cosa de corazón.

Pero me pasaré la vida luchando con el misterio y aun sin esperanza de penetrarlo, porque esa lucha es mi alimento y mi consuelo. Me he acostumbrado a sacar esperanza de la desesperación misma y lo he convertido en mi obra artística.

No concibo a un hombre culto sin esta preocupación, y espero muy poca cosa en el orden de la cultura de aquellos que viven desinteresados del problema religioso en su aspecto metafísico y sólo lo estudian en su aspecto social o político. Espero muy poco para el enriquecimiento del tesoro espiritual del género humano de aquellos que por pereza mental, superficialidad o cientificismo, se apartan de las grandes y eternas inquietudes del corazón. No espero nada de los que dicen: «¡Que perdida de tiempo pensar en eso!»; espero menos aún de los que creen en un cielo y un infierno como aquel en que creíamos de niños, y espero todavía menos de los que afirman: «Todo eso son puros cuentos; al que se muere lo entierran, y se acabó». Sólo espero de los que ignoran, pero no se resignan a ignorar; de los que luchan sin descanso por la verdad y ponen su vida en la lucha misma más que en la victoria.

Por mi parte, mi labor ha sido inquietar a los espectadores. Como lo hice ya con el video “Me gusta estar en tu casa” y “Jades Dasein sind in sicht rund” que son mis mayores reflexiones al respecto. Que busque cada quien, con sus habilidades y dentro de sus posibilidades, como yo busco; que luchen, como lucho yo, y entre todos algún pelo de secreto arrancaremos a esta gran pregunta, y, por lo menos, esa lucha nos hará más hombres, hombres de más espíritu.

Para esta obra —obra religiosa—, en culturas carcomidas por la pereza y de superficialidad de espíritu, me ha sido necesario parecer irrespetuoso y contestatario; otras duro y agresivo para traspasar la adormecida rutina del dogmatismo cristiano y la etiqueta de rebelde sin causa.

Otras ocasiones, en países de dogmatismo librepensador o cientificista, he parecido un simple resultado de mi cultura. Un crédulo, más que creyente. Un tercermundista que no ha logrado emanciparse de la manipulación histórica hacia el ateísmo. En la escena de arte contemporáneo apenas se le oye a nadie tratar el tema desde el fondo del corazón. Los artistas temen ponerse en ridículo. Yo no; jamás me han detenido las cuestiones de la reputación. Y ésta es una de las cosas que menos me perdonan mis compañeros artistas, tan sobrios, tan intelectuales y correctos hasta cuando hablan de su rebeldía o de sus sentimientos. Los anarquistas dentro del arte se cuidan, más que de otra cosa, del terminado de sus obras y de su técnica. Y cuando desahogan sentimientos e inseguridades lo hacen de manera conceptualmente coherente y con su correspondiente registro fotográfico.

Cuando he sentido un dolor, he llorado. La obra “Correo de voz” no es más que gritos del corazón, con los cuales he buscado hacer vibrar las cuerdas de los corazones de los demás. Si no tienen esas cuerdas, o si las tienen tan rígidas que no vibran, mi grito no resonará en ellas, y declararán que eso no es arte, poniéndose a examinarlo sólo plásticamente.

Estas obras, junto con otras varias pinturas y bocetos, son mi religión, y no expuesta lógica y razonadamente. Y la profeso con las habilidades que Dios le ha dado a mis manos e intelecto, porque no la puedo razonar.

Y como hay hombres que suelen no suele darse por enterados y después de todo esto que he explicado vuelven a preguntar: «Bueno; y entonces ¿qué propones?» Y yo, para concluir, les diré que si quieren respuestas, busque en otro lugar. Mi empeño ha sido, es y será que los que observen mi trabajo, piensen y mediten en las cosas fundamentales, y no ha sido nunca el entregar pensamientos digeridos. Yo he buscado siempre agitar, y, a lo sumo, sugerir, más que instruir. Si yo vendo pan, no es pan, sino levadura o fermento.

Hay amigos, y buenos amigos, que me aconsejan me deje de esta labor y me recoja a hacer lo que llaman una obra objetiva, algo que sea, dicen, conceptualmente redondo, definitivo, algo de construcción, algo duradero. Quieren decir algo dogmático. Me declaro incapaz de ello y reclamo mi libertad, mi santa libertad, hasta la de contradecirme.

Ya sabe, pues, mi buena amiga lo que tiene que contestar a quien le pregunte cuál es mi religión. Ahora bien; si es uno de esos que creen que soy paternalista hacia un pueblo o una cultura cuando le he cantado las verdades a alguno de sus hijos irreflexivos, lo mejor que puede hacer es no contestarles.

Zacatecas, 2 de Abril de 2007.

 
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